SUJETO – SUBJETIVIDAD

DESLINDES

El título latino de la revista es, qué duda cabe, un anacronismo. Hoy los medios ya no hablan en latín, sino en inglés. No obstante, si bien nuestro tiempo es avaro en locuciones latinas, hace unas pocas semanas, millones de personas -según afirman esos mismos medios muchas más que las que presenciaron las brutales imágenes de las torres de Nueva York hundiéndose, ellas sí, una y otra vez “fluctuat ac mergitur”- esperaron con ansia la buena nueva universalista: “Habemus papam”. Precisamente a ese montaje escénico medieval se contrapone la fotografía difundida por Internet del joven Ratzinger con el brazo derecho en alto junto a dos cardenales, un militar y el Dr. Mengele en la Alemania hitlerista. El Papa que habemus resume de algún modo lo que se puede llamar “la subjetividad de la época”. Verdadera convergencia de Iglesia y Ejército, las dos masas artificiales freudianas.

Sirva esto de introducción a algunas pocas ideas que propongo a la conversación de este foro que nos convoca a efectuar algún posible deslinde conceptual entre la noción de subjetividad y el concepto de sujeto, tan ligeramente confundidos en el revoltijo discursivo que nos habita.

Estamos acostumbrados a asociar, en el campo psicoanalítico, la noción de subjetividad al sintagma lacaniano que la refiere a la época. Todos recordamos la admonición del discurso de Roma: “Mejor pues que renuncie quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época.”  Esta frase seguramente ha fatigado los epígrafes de infinidad de escritos de muchos de nosotros.

Esta noción de subjetividad es, para muchas otras disciplinas, también objeto de reflexión. La sociología, la educación, el institucionalismo, se refieren permanentemente a las instituciones como productoras y reproductoras de subjetividad.

El campo del psicoanálisis no es a mi entender un campo alambrado sino más bien como el campo nostálgico de Güiraldes que Uds. nos acercan en primer número de Fluctuat (así, a secas): ...las osamentas sirven de mojón a los que después de uno sienten el vértigo del desierto. Así se conquistan horizontes. Así se regala el bien habido a los timoratos.

Es un campo con fronteras blandas, con zonas de cohabitación y de hospitalidad con las otras producciones culturales y con un horizonte siempre a la vista. La protección frente al vértigo que produce siempre ha sido refugiarse entre cuatro paredes, desde la época de los trogloditas. Los analistas también nos agrupamos según esa lógica arcaica. Y defendemos nuestra cucha del ataque de las fieras como lo hacía el Cro-Magnon (cruel asociación nos evoca esta palabra, fagocitada por la cultura del espectáculo, aún del espectáculo trágico que todos vimos en vivo y en directo).

Si algo hemos aprendido en este ya largo siglo de psicoanálisis es a deponer la soberbia, de la que por otra parte Lacan no se privó. El párrafo anterior a la frase canónica afirma:

Entre todas las que se proponen en el siglo, la obra del psicoanalista es tal vez la más alta porque opera en él como mediadora entre el hombre de la preocupación y el sujeto del saber absoluto.

Lejos estamos de una mística parecida, tal vez por la falta de un espíritu de su talla. Por el contrario, el quehacer cotidiano nos confronta con la insuficiencia de nuestros instrumentos y con la urgencia que nos empuja a la invención, tanto en los dispositivos clínicos (tal vez la próxima mesa pueda decir algo sobre esto), como en las herramientas conceptuales.

Quiero así mostrar el modo en que nuestro campo -como la pampa, que al decir de Gombrowicz es uno de los nombres del infinito- encuentra sus bordes que se mestizan con los bordes de otros campos de la cultura de los tiempos.

Fue el propio Lacan quien situó (antes que muchos) las coordenadas de la subjetividad de la época. Y ubicó inequívocamente al campo de concentración, a los fenómenos segregativos como la marca de lo real en esa subjetividad.

A casi 40 años de esos párrafos nos es posible reconocer su validez. Pero a diferencia de los ‘60 el nuevo milenio aporta la dimensión de espectáculo que pueden tener esos fenómenos segregativos. El exterminio, la violación de los prisioneros, el terror de masas, Abu-Ghraib y Guantánamo, son objeto de producciones cinematográficas documentales y de ficción.

En estos días se supo que el arquitecto nazi Albert Speer, que sostuvo su defensa en los juicios de Nüremberg en el desconocimiento de la existencia de los campos, en verdad conocía al detalle el plan de limpieza de la raza. Era posible por entonces –y también en los tiempos de nuestros campos vernáculos- desconocer la presencia del horror en el corazón del sistema social alemán (y del mundo). Ahora el horror llena las pantallas y de algún modo nos anestesia.

La subjetividad de la época, entonces, está construida sobre todas las formas de segregación, de lo que dan testimonio muchos fenómenos sociales –el country, la villa, las tribus urbanas de adolescentes, los pibes chorros, el piercing y el tatuaje como retorno de formas tribales de identificación, el cercamiento del espacio público, etc.-. También la clínica testimonia de ello. La frecuencia de los ataques de pánico, las fobias, las adicciones, el aislamiento, los efectos de las  organizaciones laborales que operan como picadoras de carne humana, nos dicen algo de esta subjetividad epocal.

Recordemos además que el propio Freud también, en su Viena finisecular -momento histórico de fermento de ideas muy excepcional-, había reconocido algunas de esas grandes coordenadas. La anticipación de Psicología de las masas, El porvenir de una ilusión, sus trabajos sobre la guerra y sobre todo la noción de “superyo cultural”, que a mi parecer tiene la máxima fecundidad y actualidad, son su modo de decirlas.

La lógica binaria del adentro y el afuera, modo de defensa primordial y constitutivo, según el cual el “fremde”, el ajeno, es el enemigo, modela entonces todas las formas del lazo social, se inmiscuye en los vínculos más íntimos y nos alcanza aun en el consultorio.

También nuestro modo de pensar, las lógicas que rigen el encadenamiento de las ideas, está moldeado en esa matriz de oposiciones binarias.

Y aquí nos encontramos con el otro término que la invitación propone al diálogo. El SUJETO.

Muchas veces creemos estar a salvo de la incertidumbre, porque el concepto ha sido infinitamente transitado. Y digo el concepto, porque “sujeto”, si bien no uno de los cuatro fundamentales, es un concepto en la obra de Lacan, con su propio matema –modo de pensamiento que por otra parte también se corresponde con el superyó de la modernidad- en tanto la subjetividad de la época no puede ceñirse más que como noción un tanto vacilante, si se quiere.

El sujeto dividido, barrado, castrado, subvertido una y mil veces, parece no ofrecer mayores problemas en su conceptualización.

No obstante, la vía de la simplificación está facilitada. En principio por toda la tradición cartesiana y racionalista, tal vez en el fondo aristotélica, que nos habita y pulsa incansablemente a la producción de imaginarios sustanciales.

También por responsabilidad de los psicoanalistas y sus modos de teorizar la experiencia. Los tiempos de una clínica edipizante han pasado, afortunadamente, si bien su retorno una y otra vez es ineludible. Muchas veces nos encontramos operando de ese modo y debemos trabajar para no dejarnos fagocitar por el confort del modelo. Con más frecuencia el trabajo se orienta a deconstruir los andamiajes míticos edípicos que la vulgata freudiana sedimenta en cada paciente.

También están en crisis las variantes de una clínica “castratoria”, orientada por la “falta”. También en este caso la noción se sustancializa y se la persigue como el burro a la zanahoria.

A diferencia de éstas ya Ferenczi con sus experimentaciones técnicas nos relataba una clínica lúdica, cuando proponía al análisis de adultos como un caso especial del análisis de niños. A través de Balint estas ideas germinan en Winnicott, de quien todavía tenemos mucho que aprender.

El sujeto en fading –metáfora muy cinematográfica, a propósito-, desvaneciéndose, sólo aprehensible por sus rastros en futuro anterior, tiende rápidamente a sustancializarse, a ontologizarse (con perdón de la filosofía), por la propia lógica de la subjetividad de los tiempos, como un sujeto dividido, una unidad partida por el filo del significante en dos pedazos con diferentes destinos. El binarismo se impone: intervalo entre dos significantes, saber y goce, saber y verdad.

Creo que es posible localizar en Freud -siempre es posible localizar algo en Freud, ya que forma parte de la subjetividad de la época, o si se prefiere de nuestro superyó cultural- la concepción de un sujeto, dividido, sí, pero múltiple. El primer párrafo de su tratado sobre las masas, que todos conocemos de memoria, afirma que la distinción entre psicología individual y social carece por completo de relevancia. Esta concepción mereció la crítica de Kelsen, su juez imparcial del diálogo a favor del análisis lego, quien sostenía que para Freud todo se limitaba a la psicología individual. Sin embargo allí afirma:

En la vida anímica del individuo, el otro cuenta, con total regularidad, como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo, y por eso desde el comienzo mismo la psicología individual es simultáneamente psicología social en este sentido más lato, pero enteramente legítimo.

Me parece leer en esta frase una idea completamente diferente de una concepción relacional, se trata más bien la estructuración misma del sujeto como multiplicidad. Interpretar allí al Otro con mayúsculas no nos dispensa de reconocer la diversidad de los otros, ya no en tanto semejantes sino reconociendo a la propia diversidad -la différance al modo de Derrida- como el verdadero Kern unseres wesen, carozo de nuestro ser. Y entonces esa enumeración del otro como modelo, como objeto, como auxiliar y como enemigo merece ser seguida de puntos suspensivos, y podríamos agregar, como fraterno, como amigo, como compañero de juegos, sobre todo esto último. Lo cual nos pone nuevamente en el camino de la invención en cada análisis

Hace años dije que “Nadie es el sujeto”, aprovechándome de la astucia de Ulises ante el cíclope. Ahora afirmaría que el sujeto es muchos, tantos como nadie. Pienso en un sujeto disipativo, que goza de su juego múltiple en un devenir irreversible.

Por supuesto, lo mismo pasa con el objeto. Sobre esto son más que elocuentes las teorizaciones de Winnicott sobre el espacio potencial y el objeto transicional. El objeto es dado al mismo tiempo que creado, lo que pone en entredicho a los eventuales sujetos en juego.

La intención de la revista de efectuar estos deslindes, nos estimula a reconsiderar ese estatuto conceptual, a abrirlo en sus múltiples alcances, en sus líneas de fuga, para dar lugar también a una clínica fluida en su devenir lúdico, donde el gozo (y no digo simplemente goce) encuentre su lugar.

Creo además que el psicoanálisis sólo puede ser definido como lo que los psicoanalistas verdaderamente hacemos, lo múltiple de nuestras prácticas responde siempre al caso por caso. No hay cura tipo, pero no debemos olvidar que los modos de conducir los análisis responden también al superyo cultural, lo que debe ser analizado en nuestra comunidad.

En alguno de estos divertidos encuentros que nos vienen proponiendo los fluctuantes, Celia Rocca hizo alusión a sus experiencias infantiles con la navegación. Me consta también que en el comité de redacción hay un avezado capitán de ultramar. Me subo entonces al barco, si bien mi experiencia es más la del remo, y me alegra hoy estar en la tripulación. Un barco que no es la balsa del náufrago de García Márquez ni la de la Medusa de Géricault, donde los más fuertes se comían a los más débiles. Un barco donde todos tenemos el trabajo de mantener la ceñida, o no desmayar en el remo, para que los vientos y tsunamis de la época nos permitan afirmar como los barqueros que cruzaban a la Ile de la Cité: que se mezcle, que se agite, que se escore, pero que no se hunda. Muchas gracias.

 

14 de mayo de 2005

 

Presentado en el Foro de trabajo de la revista "Fluctuat nec mergitur"