Más allá de la psicopatología
Presencias de Eros en la clínica

 

Entre los aniversarios a destiempo que hoy celebramos, los 25 años del Colegio de Estudios Avanzados y los 20 del Colegio de Psicoanalistas agrego el mío propio, 10 años de miembro del Colegio. Participé del primer año del original, allá por 1992 y luego de un largo interregno me incorporé al actual. En ese momento hice una presentación sobre la amistad, que algunos recordarán y que hoy me permite abrir, a la manera de Windows, la primera solapa del tema del año que iniciamos hoy.

Cuando resolvimos en nuestra asamblea anual el título que nos convoca, creo que nos impulsó fuertemente el sedimento del tema del año pasado, cuando pusimos la mira en las versiones clínicas y sociales de la pulsión de muerte. Discutimos, disentimos y acordamos sobre muchos aspectos explorando los recovecos más oscuros de nuestra labor. El pesimismo militante de Freud sobre lo irredimible de la naturaleza humana y lo inexorable de la repetición (humanista trágico lo llamó el año pasado Rafael Paz) siempre deja un sabor agridulce y una pregunta sobre la función y alcance de nuestro oficio. Recorrimos a lo largo del año cuestiones como la violencia sobre las mujeres, el suicidio, el sufrimiento adolescente, las relaciones iatrogénicas de pareja, la crueldad del capital financiero y mucho más. Son los temas por los que nuestros pacientes consultan y solicitan nuestra ayuda.

Este año quisimos cambiar la perspectiva de nuestra mirada y preguntarnos sobre los recursos, tanto los subjetivos, como los propios del dispositivo analítico y los sociales, que ponen en movimiento, permiten salir del estancamiento neurótico, de la desorganización y el padecimiento psíquicos, para contribuir a hacer de la vida una que valga la pena ser vivida. En definitiva poner el acento sobre lo que hace progresar el trabajo de un análisis, ya no entonces sobre las resistencias sino sobre las facilitaciones.

Como decía, la amistad, el amigo, es uno de los principales recursos con que cuenta un sujeto para sanar. El extraordinario Oliver Sacks dijo en Despertares:

“La amistad posee virtudes curativas, y todos somos un poco médicos de los demás. No hallaremos mejor medicamento en nuestra vida que un amigo fiel. Y el mundo es el hospital donde tiene lugar la curación.”

Cuando un paciente llega a consulta por primera vez suelo preguntarle si tiene amigos, de dónde los conoce, qué clase de vínculos mantiene con ellos. Es un indicador diagnóstico de primer orden, nos permite inferir la trama que sostiene sus posibilidades de alcanzar un poco más de felicidad en la vida. Los momentos depresivos, por ejemplo, tienen un muy diferente pronóstico si el paciente tiene amigos que si está aislado. Las mejorías en un tratamiento suelen estar acompañadas de una vida social más amplia y de una profundización en los vínculos de amistad. Son observables clínicos muy evidentes.

Y esto me permite abrir un breve comentario sobre el título del año: “Más allá de la psicopatología”. Cuando hablo de indicador diagnóstico no me refiero a que permita distinguir de qué estructura psicopatológica se trate sino precisamente de diagnosticar cuán accesible a nuestra intervención es quien tenemos delante. Esta perspectiva atraviesa las distintas categorías psicopatológicas y condiciona nuestro modo de abordaje, siempre singular.

La amistad es un destino del amor que no alcanza a ser definido ni por la sumisión al superyó o al ideal, ni por la inhibición de las metas sexuales. Ni filial, ni paterno, ni fraterno, al amigo nos une un lazo alejado de la intención de dominio o apropiación del otro y que es ocasión de una realización compartida de deseos.

Muchas veces he escuchado decir, al modo de resistencia a encarar un tratamiento, que es innecesario pagar por ser escuchado cuando se tienen amigos con quienes hablar, dando por sentado que sus funciones son equivalentes. Así y todo muchos de ellos llegan al consultorio, dejando así en evidencia que el analista no es un amigo, pero hay algo que emparenta ambos lugares.

La transferencia analítica es heredera del curioso análisis originario de Freud con Fliess en el contexto de una amistad intensa y pasional de final bien conocido. La transferencia es amor, éros, -el sentido freudiano se aleja sustancialmente del griego- y tal vez debamos pensar como filía lo que Freud llamaba “transferencia positiva”, esa función del amor que motoriza el deseo.

Los antiguos griegos distinguían esos dos términos que nos han llegado –con las metamorfosis producidas por la distancia epocal—como la disyunción “amor-amistad”. Digo entonces que si el amor de transferencia en sus vertientes resistenciales negativa o erótica puede invocar a éros, la transferencia positiva, cuando la cosa marcha, está del lado de la filía.

Estamos habituados a pensar la serie de las castraciones, oral, anal, fálica, alienación-separación, lo real imposible -se las ha nombrado de muchos modos-. Son las maneras y momentos en que la ley se inscribe en el infans, lo sujeta, lo “edipiza”, y eso condiciona el modo de dirigir la cura. Me refiero a los análisis “edipizantes” o a los centrados en “la falta”. Los que en su momento hicieron decir a Deleuze y Guattari: “En el frontón del gabinete está escrito: deja tus máquinas deseantes en la puerta,…entra y déjate edipizar”.

A esa serie de castraciones: una autora que muchos conocen ya que estuvo aquí como invitada hace un par de años, Radmila Zygouris, en un trabajo titulado “El niño del júbilo” señala otra serie de experiencias, la del júbilo, que traza una línea directriz entre tres autores:

“Sobre qué experiencias precoces –se pregunta- se apuntalan el deseo y las capacidades del hombre para rebelarse de una manera no patológica y vivir por fuera de la sumisión ‘voluntaria’, así como para ser alegre en desmedro de una realidad que no lo alienta demasiado”.

Debate con Freud el fort-da, señalando que el juego es una creación del niño para dominar su dependencia relacional, un acto de libertad jubiloso en la desaparición y el reencuentro con el carretel. Coincidentemente Ricardo Rodulfo ubica en esa experiencia un deseo de separación de la madre, un impulso libertario.

 La otra experiencia de júbilo es la que Lacan describe en “El estadio del espejo”. La captura anticipatoria de la Gestalt que da forma a un yo unificado, separándolo del cuerpo del otro, es asumida jubilosamente por el cachorro humano, que experimenta de este modo una independencia fundante.

Finalmente, en las observaciones de Winnicott, el momento de constitución del objeto transicional, encontrado y creado al mismo tiempo, tiene un tono jubiloso.

Estas experiencias son posibles si el entorno de crianza es favorable y les permite desplegarse sin interferencias ni demandas excesivas y constituyen una condición necesaria aunque no suficiente para el desarrollo de recursos vitales en la vida adulta. Un niño que ha podido experimentar plenamente su júbilo tiene mejores probabilidades de enfrentar con menor sufrimiento las adversidades de la vida preservando la alegría.

Considerar la experiencia clínica desde esta perspectiva nos hace valorar las herramientas con que contamos para ello.

Señalo dos más:

En primer plano, el humor, del que Freud se ocupó en 1927. Allí señala que en el humor el principio del placer logra sobreponerse a la adversidad de las circunstancias reales, manifestándose como un triunfo del narcisismo, “victoriosa confirmación de la invulnerabilidad del yo”. Le otorga un lugar entre los recursos que el aparato psíquico ha desarrollado para rehuir el sufrimiento, por medio del desplazamiento masivo de investiduras sobre el superyó, para quien el yo resulta entonces insignificante. Aparece así en el humor la figura de un súper yo benévolo, que consuela al yo de su pequeñez proporcionándole un goce placentero, como si le dijera: “Todo esto que te angustia, el mundo peligroso que te amenaza, no es más que un juego de niños”.

La práctica enseña el enorme valor de la actitud humorística en el trabajo de análisis. Recuerdo a un antiguo paciente que se sabía insoportable porque sufría espantosamente cada contrariedad de su vida, de la que por lo general era responsable ya que se metía en problemas todo el tiempo. Sesión tras sesión repetía su letanía lastimera, aunque siempre conservaba un sentido del humor que provocaba interrupciones risueñas en los contextos más dramáticos. Un día me preguntó por qué yo lo soportaba y le respondí lo primero que me vino a la mente: “por tu humor”. Esa intervención dio ocasión a otras aperturas del tratamiento.

Si el humor alivia la severidad del súper yo significa que trabaja en el mismo sentido que el análisis. Una afirmación de Deleuze ilumina otro aspecto:

“El humor es inseparable de una fuerza selectiva: en lo que sucede (accidente), selecciona el acontecimiento puro.” Puede “vincular a las pestes, a las tiranías, a las guerras más espantosas la suerte cómica de haber reinado para nada” (Lógica del sentido, p. 159).

Una intervención humorística lograda puede tomar el valor de acontecimiento, capaz de imprimir nuevos rumbos al trabajo asociativo.

Con estas afirmaciones estoy muy lejos de propiciar una posición “Patch Adams” que nos afilie a los payamédicos. Sin embargo creo que un tratamiento que cursa por los carriles exclusivos de la seriedad y la formalidad tiene menos oportunidades de avanzar que con una disposición al humor y la alegría. Cabe aquí interrogar los conceptos –que ya discutimos otros años- de la neutralidad y la abstinencia.

Finalmente quiero indicar la importancia de la creatividad, tal como la puso en valor la obra de Winnicott (Realidad y juego, Cap. 5). Seguramente en la próxima reunión Alfredo tratará la cuestión in extenso. Esta capacidad de algún modo sustenta a todas las otras, es la clave de la cura y la herramienta más poderosa del analista. La apercepción creadora es lo que hace que el individuo sienta que la vida vale la pena. En condiciones normales, con una razonable capacidad cerebral, con un hardware suficiente, todo lo que una persona produce es creativo, salvo que esa capacidad se vea impedida por la enfermedad o por factores ambientales muy adversos.

El análisis tiende a liberar la capacidad creativa de las personas. Por ejemplo, Rolando inventó a los doce años el recurso de jugar a la pelota con la zurda y con eso se curó la tartamudez. Ercilia salió de un letargo deseante muy prolongado descubriendo su temprana inclinación por el modelado de arcilla. Martín logró investir el cultivo de cannabis como forma de superar una severa adicción a las pastillas y finalmente se desinteresó por fumar yerba y sólo lo hace socialmente. Omar aprendió a bailar tango como respuesta a un catastrófico desengaño amoroso.

Todos estos recursos van en contra de la tendencia a la sumisión. La mayoría de nuestros pacientes viven sometidos a otros, a mandatos de otros o a imperativos superyoicos y sufren por ello.

La amistad es todo lo contrario de una relación de sumisión. El amigo es otro-sí mismo, está habitado por la radicalidad de lo otro, es el diferente pero igual. Si una relación se inunda de demandas de amor, termina con la amistad, reino del “saber callar” –como afirmo en ese trabajo-.

Si las experiencias tempranas se han atravesado con éxito, la alegría de la vida tiene un lugar posible, aun en condiciones de adversidad, tales como las que vivimos a nivel global. La alegría es insumisa, como lo es el humor.

Si dijera en este momento “¡Linda manera de empezar el ciclo!” probablemente no nos sonreiríamos, salvo que se nos hiciera presente la humorada del condenado a muerte que cuenta Freud. En todo caso humor de cenáculo, pero contestatario, que ironiza sobre las contraseñas y guiños compartidos.

La creatividad por propia definición es la capacidad de transformar el mundo, de no entregarse pasivamente a sus determinaciones.

Quedan fuera de este escueto inventario de “presencias de Eros en la clínica” muchas otras, que seguramente serán exploradas a lo largo de este año de trabajo, que deseo productivo y alegre. Cintia Dafond, por ejemplo, se comprometió con un trabajo sobre la risa y la curiosidad.

Ahora bien, no se trata exclusivamente de la mayor o menor disponibilidad de recursos del sujeto que consulta sino también de lo que el dispositivo pueda aportar. Los analistas estamos sometidos a las mismas determinaciones culturales, ambientales, sociales, económicas y simbólicas que nuestros pacientes. Sabemos del confort de una teoría abarcativa y consistente –aunque no sea la Teoría del todo de Stephen Hawking- y muchas veces nos entregamos perezosamente a las certidumbres que pueda ofrecernos. Afortunadamente las más de las veces encontramos en nuestros maestros ese espíritu inquieto que los ha llevado a inventar ideas y métodos, a veces controversiales, pero siempre inspiradores para todos los practicantes de este arte singular.

La creatividad, el humor, la alegría en el trabajo, la capacidad de amistad, son condiciones imprescindibles para saber ayudar a nuestros pacientes a vivir mejor y su puesta en juego en la transferencia propicia un dispositivo flexible –elástico diría Ferenczi- capaz de operar atravesando los cuadros psicopatológicos y las condiciones de encuadre. Pensemos al respecto en los variados dispositivos clínicos que se han inventado en instituciones públicas y privadas.

Quiero hacer mención a un concepto polémico en nuestro campo como es la “resiliencia”, definida como la capacidad para adaptarse positivamente a situaciones adversas. Salteándome las posibles discusiones que el término y su uso suscitan sólo señalo que las condiciones relacionales, culturales y sociales son la trama en la que puede desplegarse esa capacidad.

A propósito de esto, el año pasado compartimos con Daniel Waisbrot un espacio de reflexión en la Asociación –que continuará este año- sobre los modos de concebir la socialidad, diferentes de la dialéctica del amo y el esclavo hegeliana, o de la psicología de las masas freudiana. La frase de convocatoria era “¿cómo hacer psicoanálisis ‘en el horror de una profunda noche’?”, aludiendo a una expresión de Alain Badiou a propósito del triunfo de Trump en EEUU. Se trataron de explorar los rastros de Eros en la sociedad de estos tiempos -fase superior de la fase superior del capitalismo-, apoyados en las reflexiones de algunos filósofos contemporáneos –Alain Badiou, Byung-chul Han, Jorge Alemán, Jean-Luc Nancy, Roberto Espósito y varios otros- que, cada uno a su modo, producen una profunda subversión del concepto de sujeto social, que necesariamente incide sobre la manera de concebir al sujeto del inconsciente. Tarea que espero se incorpore a la agenda del año.

Para terminar quiero hacer alusión a la imagen que identifica este ciclo. Se trata de la escultura del neoclásico Antonio Cánova, Psyché reanimada por el beso del Amor, de la colección permanente del Louvre.

Reproduce una escena de la compleja trama mitológica –ojalá algún especialista pueda aportarnos una reflexión autorizada sobre ella- de las peripecias del amor entre ambos. De todos modos a nosotros nos evoca conceptos de la teoría, y aporta una imagen inspiradora: la reunión entre representación y afecto, evocativa de la idea de cura en los orígenes del psicoanálisis. Y para terminar con un final feliz, Eros y Psyché como fruto de su unión tuvieron una hija llamada Hedoné (para los griegos) o Voluptas (para la mitología romana), la personificación del placer sensual y el deleite.

 

22 de marzo de 2018