LOS HUNDIDOS Y LOS SALVADOS

Efectos subjetivos de la segregación

 

 

Algunas razones fundadas en mi práctica me han llevado a interesarme en la cuestión del campo de  concentración. Cotidianamente me encuentro en la consulta –y me consta que muchos colegas también– con historias subjetivas que son el resultado de experiencias segregativas muy tempranas, constituyentes del núcleo traumático de padecimientos muy diversos.

Por otra parte, la lectura de Lacan nos ha advertido sobre este punto. El campo de concentración es la coagulación institucional más cabal del fenómeno segregativo propio de nuestro tiempo, imperio de la pulsión de muerte, “paradigma biopolítico de lo moderno”[1]. En los 30 años que van desde esa afirmación hasta nuestros días, la historia no ha hecho más que darle la razón en este punto. El hecho de haberme ocupado recientemente de las cuestiones de la violencia y el desamparo, tarea compartida con Luis Vicente Miguelez y un buen número de otros colegas, no ha hecho sino reforzar la convicción de que la práctica psicoanalítica de nuestros tiempos tiene mucho que aprender de la experiencia de los campos.

He localizado algunas marcas en la cultura, en especial la literatura, que pueden servir de orientación para seguir los efectos subjetivos del fenómeno segregativo. Me ha parecido oportuno en este encuentro de analistas, afortunadamente babélico, poner a consideración algunas reflexiones.

 

La operación segregativa

El Mal no es lo inhumano, por supuesto... O entonces es lo inhumano en el hombre...

Jorge Semprún

 

Los diversos dispositivos segregativos, con sus efectos singulares, tienen en común el hecho de que todos ellos conllevan una operación de desubjetivación. El campo de concentración, por la acción de su maquinaria, opera un virtual “aplastamiento de la subjetividad”. El término es brutal, sin duda y nos evoca infinidad de imágenes crueles.

“Como una cucaracha”, por ejemplo, lo que nos remite de inmediato al escenario anticipatorio de la vivencia (Erlebnis) concentracionaria que Kafka propone en La metamorfosis. El infeliz Gregorio Samsa se despierta una mañana convertido en cucaracha, lo que genera en el microuniverso de su familia la reacción de apartamiento y clausura que lo convierte definitivamente en un insecto repulsivo. En rigor de verdad cabría preguntarse si no es exactamente al revés. La metamorfosis no es la causa sino el efecto de esa misma segregación.

En La colonia penitenciaria ofrece una nueva versión de la operación segregativa, esta vez en el plano institucional. El condenado a muerte, reducido a una estupidez inhumana, sufre el suplicio de que su condena sea escrita durante horas en su carne por una maquinaria altamente sofisticada, hasta la aniquilación física.

Kafka y Freud[2] estudian contemporáneamente anverso y reverso de la trama. En uno, el sujeto en soledad es aplastado por el mandato insensato de un poder anónimo, esencialmente indiferente[3]. Para el otro la alienación en el fenómeno colectivo es la causa de la parálisis deseante, hipótesis formulada con rigor metapsicológico en su trabajo sobre las formaciones de masa.

Si es posible consumar este aplastamiento del sujeto es porque “Nuestra personalidad es frágil, está mucho más en peligro que nuestra vida”. Así lo afirma Primo Levi, testigo de la vida y de la muerte en los campos nazis.

La obra de Levi comienza con su liberación de Auschwitz – Monovitz por las fuerzas aliadas. Escribe y publica casi de inmediato Si esto es un hombre, su primer relato testimonial.

Al ser apresado había declarado, su condición de “ciudadano italiano de raza judía” porque falsamente creyó que era preferible a ser internado como político. Este es el primer movimiento de la operación desubjetivante. Lo que indica el lugar a ocupar, es decir, del lado de adentro de los alambres electrificados, es un rasgo singular –judío, gitano, comunista, contrario a los intereses soviéticos o delincuente subversivo–. La reducción del sujeto a ese rasgo diferencial constituye el paso inicial en la puesta en marcha del dispositivo segregativo.

Ya en el interior se impone una lógica implacable: cada uno será despojado de todo lo que posee. Lo que constituye el segundo movimiento de la operación. Levi lo señala así:

Pero pensad cuánto valor, cuánto significado se encierra aun en las más pequeñas de nuestras costumbres cotidianas, en los cien objetos nuestros que el más humilde mendigo posee: un pañuelo, una carta vieja, la foto de una persona querida. Estas cosas son parte de nosotros, casi como miembros de nuestro cuerpo; y es impensable que nos veamos privados de ellas, en nuestro mundo, sin que inmediatamente encontremos otras que las sustituyan, otros objetos que son nuestros porque custodian y suscitan nuestros recuerdos.[4]

El proceso de desposesión de los objetos personales culmina con la reducción de los individuos a un número, tatuado dolorosamente en el antebrazo.

“Nos quitarán hasta el nombre; y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca”.[5]

La mirada siniestra de los guardianes, doctores y verdugos sobre las filas de hombres y mujeres desnudos hasta el hueso, despojados de su propia imagen, del reconocimiento en el semejante, sin el menor espacio de intimidad, produce una descomposición del plano imaginario.

Jorge Semprún, quien también construyó su obra literaria a partir de la experiencia del campo, hace de esa mirada uno de sus ejes. La relación con los otros sólo era posible allí donde lograba escaparse a la omnipresente mirada del Mal absoluto. Mirada de Medusa, paralizante y mortífera. En efecto, las letrinas de Buchenwald, que por su hedor repelían a los guardias, eran el principal centro de actividad social, comercial y política del campo, uno de los pocos lugares donde había alguna esperanza. Allí se recitaba poesía, se establecían amistades y se acompañaba al amigo en el momento de la muerte.

En el mundo así delimitado no hay ningún por qué. No hay siquiera a quien formularle la pregunta. El Otro es anónimo. En todo el testimonio de Levi una sola vez relata haberse cruzado con un oficial de las SS, y esto ya cuando el campo estaba siendo abandonado bajo el fuego ruso.

 

¿Cómo es posible golpear sin cólera a un hombre?,  se pregunta Levi. ¿Cómo es posible ejercer la violencia brutal sin el menor atisbo de emoción? El torturador, en este estado de cosas, ni siquiera goza sádicamente, es sólo un instrumento mecánico de la operación de liquidación de los sujetos. El odio es personal, pero los oficiales del campo no tenían rostro ni nombre. Como en Kafka, la tortura y la aniquilación son obra de una maquinaria anónima.

¿Cómo y por qué algunos sobrevivieron y otros no? En el intento de responder a esta pregunta Bruno Bettelheim acuñó la noción de “culpa del sobreviviente”, a la vez satisfacción superyoica y defensa. La “identificación con el agresor” que Ferenczi localizó en la reacción culpable del niño ante la violencia traumática del adulto es perfectamente aplicable a este caso. Semprún no recoge el guante. Ninguna culpa, entre otras cosas porque no existe siquiera la certeza de haber sobrevivido; y cita a Levi:

“En lo que a supervivencia se refiere [...] no hay una regla general, excepto la de llegar al campo en buen estado de salud y saber alemán. Al margen de esto, el resto depende de la suerte”.[6]

En esto creo que radica lo esencial de la operación de aplastamiento subjetivo. Cuando la propia lógica concentracionaria se ha hecho real, cuando todo el universo simbólico ha colapsado en el interior del alambrado, cuando ya no hay semejantes en los que reconocerse, cuando el campo es la naturaleza de las cosas, la vida o la muerte dependen tan sólo de la suerte. Incluso de la suerte que hayan corrido en cada uno las diversas estrategias para sobreponerse a lo traumático. Bettelheim y Levi se suicidaron, tras largos años de trabajo.

Cuando Semprún, con 22 años, ingresa a Buchenwald, declara como profesión la de estudiante. Un prisionero alemán ya antiguo, que era quien completaba los formularios, decide inscribirlo como albañil especializado, lo que podía ser de interés para las autoridades del campo, posibilitándole quizás mejores condiciones de supervivencia. Los estudiantes eran enviados a trabajos de minería, de los cuales pocos regresaban. Este recuerdo, resignificado cuatro décadas después, tiene el valor del reconocimiento de un deseo humano en el prójimo, sostén simbólico esencial. Esa clase de encuentros, decisivos para la vida, era allí cuestión de puro azar.

El aplastamiento subjetivo, entonces, se consuma en el proceso de desanudamiento de lo simbólico, lo imaginario y lo real.

La escritura, la vida y la muerte

...un texto bello y verdadero, verdadero como sólo puede serlo la ficción.

Emmanuel Lévinas

 

He tomado apoyo en obras literarias, lo que ya de por sí indica una de las vías de salida de la escena concentracionaria: la escritura.

En el caso de Primo Levi un proceso minucioso de destilación –recordemos su profesión de químico– lo ha llevado a usar “... el lenguaje mesurado y sobrio del testigo, no el lamentoso lenguaje de la víctima ni el iracundo lenguaje del vengador”[7]. Es decisivo para él dar testimonio, y eso exige una ascesis afectiva que permita al otro escuchar.

La escritura es una necesidad, un impulso irrefrenable: “La necesidad de hablar a ‘los demás’, de hacer que ‘los demás’ supiesen”, como un modo de capturar algo del traumatismo sufrido en una trama textual, “la misma textura, el tejido de la vida” (Semprún[8]). Levi escribe “aquello que no sabría decirle a nadie”[9]. Escribe para atrapar lo que los sueños no podían tramitar, para poner en relación los recuerdos traumáticos con otras representaciones, provenientes de terrenos diversos de la experiencia vital.[10]

Un sueño recurrente en el campo, verdadero sueño traumático, que arriba siempre al mismo punto, consistía en una escena en la que el protagonista relataba situaciones de la vida cotidiana a su familia, pero nadie lo escuchaba. El Otro, fuente primordial del amparo ante la inermidad del humano, ya no está allí para sostener al sujeto, sino para aplastarlo, literalmente. El único recurso entonces, es la letra escrita. Levi sobrevive entre otras cosas porque logra trabajar en el laboratorio químico del campo, donde dispone de un cuaderno y un lápiz. Entonces escribe, aun a riesgo de su propia vida, porque de haber sido descubierto, le hubiera significado la inmediata selección para la cámara de gas.

Pero la condición humana sólo se sostenía de ese deseo indestructible. Contar lo que allí pasaba, dar testimonio. Lo singular de Levi es que no se detuvo allí ya que produjo una importante obra de ficción.

Semprún tiene con la escritura una relación diferente. Levi publicó en 1947, inmediatamente después de su liberación, Si esto es un hombre. Él esperó 17 años para terminar y publicar su primer libro: El largo viaje, que había concebido en los meses posteriores al fin de la internación. Debió elegir entre la escritura o la vida, ya que los recuerdos del campo en el proceso de la escritura “devoraban lo real mediante un procedimiento de metástasis fulminantes”[11]. De este modo vive la experiencia de la militancia clandestina en la España franquista y tan sólo cuando es excluido de las filas comunistas puede comenzar su obra literaria.

Lo que es coincidente en ambos, es la necesidad de ficcionalizar la vivencia. En Levi esto se hace patente en la secuencia de sus obras. Las obras testimoniales son las primeras. La tregua de 1963 –el mismo año en que Semprún publica El largo viaje– cierra este ciclo, para dar lugar a una serie de obras de ficción literaria –cuentos, novelas–. Su última obra, cuyo título homenajeo en el mío, da un paso más allá del testimonio. Es un ensayo sobre el campo, escrito al calor de una visita conmemorativa, último intento de someter lo indecible a una matriz de racionalidad. Luego, el suicidio. En 1987 lo alcanzó la muerte –dirá Semprún– de la que había querido escapar durante cuatro décadas

Semprún también escribe La escritura o la vida después de una visita efectuada 45 años después de la liberación. En su reflexión, la experiencia traumática no es indecible, no radica allí la cuestión. Es posible decir cualquier cosa. El problema es que lo que se diga no alcanza a recubrir el hecho de que la experiencia ha sido invivible, ésta es su sustancia. Y el efecto traumatolítico –si puede decirse– de la escritura reside en otro lugar. "Sólo alcanzarán esta sustancia, esta densidad transparente, aquellos que sepan convertir su testimonio en un objeto artístico, en un espacio de creación”[12].

 

El campo analítico

...conviene desconfiar de lo casi-igual..., de lo prácticamente idéntico, del poco más o menos.

Primo Levi.

 

El campo no siempre está del otro lado del alambrado. El universo concentracionario es la rúbrica de nuestro tiempo y por lo tanto nuestra práctica, clínica, teórica e institucional no está al abrigo de sus efectos. En esta convicción quisiera añadir algunas observaciones.

La clínica nos acerca cotidianamente a situaciones subjetivas que nos evocan fuertemente los testimonios de los sobrevivientes. Acuden en busca de nuestra ayuda hundidos y salvados. Quienes han sucumbido a situaciones vitales intolerables suelen ser traídos a nuestra consulta o llevados al hospital psiquiátrico, cuando no al servicio de traumatología. Ellos son los náufragos, los que no han logrado sobreponerse a traumatismos repetidos, agudos o insidiosos, sufridos a lo largo de la vida, muy particularmente en la infancia. Muchas veces el recurso terapéutico les ofrece más de lo mismo. La internación en el hospicio reproduce en mayor escala el ámbito concentracionario de la familia psicotizante, culminando de este modo la operación de aplastamiento subjetivo. Algunos enfoques psicoterapéuticos contribuyen con lo suyo. Y aquí no deben hacerse distingos doctrinarios. Puede reproducirse la situación traumática en el consultorio, independientemente de la perspectiva teórica que se suscriba.

Los salvados suelen llegar solos a la consulta. Han logrado rescatar algunos recursos subjetivos a los que se aferran con todas sus fuerzas. De allí la enorme resistencia a abandonar el sufrimiento neurótico.

Ahora bien, el psicoanálisis ha puesto sobre el tapete el valor fundante de las experiencias infantiles, siempre sexuales, prematuras y por ende traumáticas. Ferenczi situó en el origen del traumatismo infantil la confusión de lenguas entre los adultos y el niño. La lengua infantil de la ternura es confundida con la lengua de la pasión del adulto, quien toma al infante como su objeto sexual. Allí donde el Otro primordial no acude a la cita con su amparo, sus palabras, su reconocimiento y su amor, esa condición de objeto sexual coagula la subjetividad. El hombre ya no es lobo del hombre sino objeto del hombre. Cito nuevamente a Levi: “Es no humana la experiencia de quien ha vivido días en que el hombre ha sido una cosa para el hombre”[13].

Pero el campo de concentración nos confronta con otra evidencia. Es posible a cualquier altura de la vida, de cualquier sujeto, desampararlo de tal modo de reducirlo a una sombra de humanidad. Y la lógica concentracionaria no es exclusiva de los campos.

Las instituciones sociales, estudiadas en su microscopía libidinal por Freud, llevan en su seno el germen de la segregación, de la reducción de los sujetos a sus rasgos diferenciales. En este sentido el testamento freudiano es un discurso orientado por el deseo, lo propiamente humano, el trabajo del inconsciente.

Quizás sea preciso advertir contra cierto humanismo ingenuo, que calificaría a las atrocidades de los campos como inhumanas. Por cierto que el nazismo, como el stalinismo o los procesos militares en nuestros países latinoamericanos, han sido genuinos productos de la cultura de su tiempo y lugar históricos. Himmler y Goethe, Dostoievsky y Stalin, Gardel y Videla, como en el cambalache discepoliano, desfilan por la escena de la historia. La condición humana incluye estos fenómenos sociales de desencadenamiento de la pulsión de muerte.

Afirmaba Freud que los mayores sufrimientos del hombre provienen de la relación con sus semejantes. La vida social es la principal fuente de infortunio y malestar. Quienes trabajamos todos los días con ese sufrimiento bien sabemos la verdad de esta afirmación. Los numerosos testimonios de la clínica, insisten en subrayar la frecuencia con que los niños son víctimas de sus propios guardadores, cosas para los mayores, objetos sexuales que pueden ser usados según el capricho de un goce perverso.

Hier ist kein warum, aquí no hay ningún por qué, le dice el Kapo de la barraca a Primo Levi. ¿Qué decidió, por ejemplo, que esa niña haya sido escogida por sus padres para ser desterrada de su familia a los cinco años y enviada a vivir con su abuela, mientras su hermano menor permanecía en la casa paterna? ¿Por qué esa elección? ¿Por qué fue destinada al goce mortífero del cuerpo de su abuela, con quien compartía la cama en la que había sido velado su abuelo? No es de extrañar que esta mujer hoy de edad mediana, padezca severos accesos de angustia en cuanto se acuesta a dormir y reedite una y otra vez escenas de abandono por parte de sus parejas.

Precisamente allí es donde operamos nosotros.  Alojando los por qué del sujeto, escuchando en esa pregunta el despliegue del deseo, reconociéndolo y acompañándolo. No es que tengamos las respuestas a esos por qué, si bien algunas intuimos. Ciframos nuestras esperanzas, fundadas no en meras ilusiones, sino en una práctica responsable, en que el sujeto no está delimitado por un alambrado electrificado que lo segrega del otro, sino que en su división constitutiva puede encontrar alojamiento en la frontera, en ese espacio transicional donde es posible el juego, el sueño elaborativo, el trabajo productivo, la escritura, todos ellos recursos para hacer frente a las experiencias traumáticas.

Pero ese espacio habitable y fronterizo, debe ser resguardado cada día, o a veces construido en el desarrollo de la cura, porque es altamente vulnerable ante la eficacia mortífera del sistema concentracionario.

Levi, Semprún o tantos otros nos indican un camino posible: la escritura. Nuestro trabajo como psicoanalistas tiene un innegable parentesco con la escritura. Nuestros pacientes vienen a consulta a narrar sus historias, aquello que no sabrían decir a nadie es puesto en juego en la transferencia. Y juntos escribimos. Escribimos, analista y analizante una historia de vida. Muchas veces esa escritura implica la reescritura de otras historias, historias oficiales, agujereadas por palabras silenciadas, jamás pronunciadas. A veces los salvados deben prestar su palabra a los hundidos, hablar en nombre de los náufragos “en su nombre, en su silencio, para devolverles la palabra”[14]. Otras veces escribimos algo que jamás había sido inscripto en ningún lugar, y es preciso construir la superficie para escribir.

Para finalizar, la de analista no es una profesión confortable. Si nos instalamos cómodamente en nuestros sillones, es muy probable que estemos equivocando el rumbo en la conducción de las curas de nuestros analizantes. Sin pretender hacer de esto ninguna épica, lo cierto es que escuchar en soledad el padecimiento psíquico de la gente constituye una fuente de traumatismo a veces insidiosa, otras aguda. Esa es la razón que nos reúne en lugares como éste. La necesidad de transmitir a otros la experiencia analítica, de compartir con otros las incertidumbres que nos deja, de escribir nuestros trabajos e inscribirlos en la tarea colectiva de una comunidad, es uno de los modos de hacer frente a ese traumatismo. Ahora bien, los conjuntos de analistas no están a resguardo de los efectos concentracionarios. La segregación es una amenaza siempre presente en nuestro campo, amenaza de aplastamiento subjetivo, de eliminación de las diferencias y hasta de los diferentes. La historia del psicoanálisis ofrece suficientes pruebas de ello. Por eso ocasiones como ésta, de encontrarse con gentes de muy diversos orígenes, provenientes de lugares muy diferentes, hablando distintas lenguas, con experiencias clínicas variadas, son altamente propicias para cotejar nuestras ideas y fortalecer a nuestra ciencia como recurso decisivo en la tarea de mejorar la posición del sujeto.

 

BIBLIOGRAFÍA

Agamben, G.:      Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida

Bettelheim, B.:     Sobrevivir.

Ferenczi, S.:        Confusión de lenguas entre los adultos y el niño

Freud, S.:           Psicología de las masas y análisis del yo

Kafka, F.:           Obras completas

Lacan, J.:           Proposición del 9 de octubre

Semprún, J.:       El largo viaje

                        Aquel domingo

                        La escritura o la vida

Levi, P.:             Si esto es un hombre

                        La tregua

                        Los hundidos y los salvados

                        El sistema periódico

Lévinas, E.:         Amar a la Torá más que a Dios

Robert, M.:         Acerca de Kafka, acerca de Freud

Spiegelman, A.:   Maus. Historia de un sobreviviente

Tellier, A.:           Expérience traumatique et écriture

Zygouris, R.:        Le sourire du xénophobe

 

 

APUNTES

La culpa es una manera de reproducir en el interior del psiquismo una operación segregativa, o mejor dicho un campo de concentración. El yo se somete a la mirada siniestra de un Otro sin rostro, sin deseo propiamente humano. Pero la paradoja es que eso es lo más humano que hay. Llevamos el campo en nuestro interior. Somos verdugos y guardianes de nosotros mismos. Somos víctimas y victimarios, y la tentación suele ser irresistible.

 

 

NOTAS

[1] Según la expresión de Giorgio Agamben

[2] Cuyo parentesco fue suficientemente analizado por Marthe Robert

[3] Cfr. el artículo de Ricardo Ileyassoff: Con la ayuda de Kafka (inédito), donde explicita el mecanismo que sostiene la sumisión al poder del Castillo: su indiferencia favorece la materialización de los fantasmas superyoicos de cada uno.

[4] Si esto es un hombre, pág. 28

[5] Ibíd.

[6] La escritura o la vida

[7] Si esto es un hombre, pág. 185

[8] Aquel Domingo

[9] Ibíd., pág. 149

[10] Es en este sentido paradigmática su obra El sistema periódico.

[11] Semprún, La escritura o la vida

[12] Ibíd., pág, 25

[13] Ibíd., pág. 180. El destacado es mío (C.G.)

[14] La escritura o la vida, pág.154