Exceso y pulsión de muerte

Carlos Guzzetti

 

El viraje freudiano de los años ’20 pone en entredicho una de las premisas sobre las que se asienta todo el sistema teórico: el conflicto psíquico y la necesidad de explicarlo mediante la lucha entre dos fuerzas pulsionales encontradas. Más allá… es un texto en el que pueden rastrearse múltiples idas y venidas a ese respecto. Apunto sólo algunas afirmaciones donde la hipótesis del dualismo parece debilitarse.

Si las pulsiones son conservadoras, la primera pulsión es la de regresar a lo inanimado. Sobre las pulsiones de autoconservación:

“El organismo sólo quiere morir a su manera, también estos guardianes de la vida fueron originariamente alabarderos de la muerte” (39)

“Uno de los grupos pulsionales se lanza, impetuoso, siempre hacia adelante, para alcanzar lo más rápido posible la meta final de la vida; el otro, llegado hasta cierto lugar de este camino, se lanza hacia atrás para volver a retomarlo desde cierto punto y así prolongar la duración del trayecto.” (40)

“La pulsión reprimida nunca cesa de aspirar a su satisfacción plena, que consistiría en la repetición de una vivencia primaria de satisfacción; todas las formaciones sustitutivas y todas las sublimaciones, son insuficientes para cancelar su tensión acuciante, y la diferencia entre el placer de satisfacción hallado y el pretendido engendra el factor pulsionante…” (42)

Cuando Freud acude a la ciencia biológica de su tiempo afirma:

“Nos asombrará el poco acuerdo que reina entre los biólogos en cuanto al problema de la muerte natural; más aún: el concepto mismo de la muerte se les deshace entre las manos”. Y pasa a desarrollar las ideas de Weiss, muy respetadas por entonces.

Investigaciones bastante recientes en biología[1] sostienen que la muerte es un proceso inherente a la creación y conservación de la vida. Como “escultora de lo viviente“, tiene una función decisiva en el desarrollo embrionario, es una de las manifestaciones de la función creativa de la muerte. La anatomía del individuo en formación debe tanto a la reproducción celular, que genera el crecimiento de partes de su cuerpo, como a la muerte celular programada, que crea espacios para el crecimiento embrionario y la diferenciación de órganos. Complejo proceso propio del genoma de cada especie,  Este “suicidio celular” opera “per via di levare”, al modo de la escultura, haciendo desaparecer células sobrantes y permitiendo esculpir la anatomía individuo en formación.

El otro proceso en el que la muerte opera en defensa de la vida es la “apoptosis” o suicidio celular, proceso interno al organismo que regula el crecimiento sin límite, como es evidente en el cáncer en que un trastorno del mismo posibilita el desarrollo de tejidos anómalos, que luego invadirán el organismo provocando in extremis su muerte. La vida celular desbordante, sin el tope que le impone la muerte, en definitiva redunda en perjuicio del organismo. La muerte celular es en este caso el guardián de la vida del organismo.

Este complejo mecanismo biológico ofrece una metáfora preciosa para pensar el lugar que la pulsión de muerte ocupa en la economía psíquica. La muerte no es lo contrario de la vida sino su complemento inseparable.

La idea de una mezcla y desmezcla pulsionales es la figura que encontró Freud para intentar sostener el sistema de dos pulsiones contrapuestas en su meta, un

De las varias perspectivas teóricas sobre la pulsión de muerte que venimos conversando destaco dos: Laplanche y Lacan. Ambos renuncian al dualismo pulsional que Freud tanto se esforzó en sostener, pese a las aporías a que le condujeron sus especulaciones. Ambos de manera diferente.

Laplanche sostiene que la pulsión de muerte es un componente de la pulsión sexual, podríamos decir, uno de sus destinos.

Lacan, en cambio, considera que la pulsión es pulsión de muerte. Y llamó goce al empuje a satisfacerla, goce sin límite, posible sólo en el límite de la vida. De este modo la sexualidad es una de sus estaciones.

No me detengo mucho aquí, sólo para constatar que cada perspectiva teórica ilumina la experiencia desde un ángulo, ninguna de ellas es capaz de agotar la explicación y, de pretenderlo, se convierte en un dogma acrítico, sólo útil para convocar adherentes.

Reconozco además en ellos a los principales responsables del modo en que mi clínica se las arregla con el concepto. Tal vez, como se ha dicho en nuestras charlas de los jueves, la denominación “pulsión de muerte” lo impregna de una connotación negativa. El valor que tiene para mí es nombrar un exceso, un desborde de la capacidad de tramitación psíquica, que puede expresarse clínicamente como actos compulsivos (en el extremo como pasajes al acto suicidas), o bien como los diversos modos de desinvestidura del mundo (afánisis, deseo de no deseo, alienación) que implican siempre un repliegue narcisista, una regresión al narcisismo primario, una fuerza indiferenciante, en resumen, la detención del movimiento psíquico. Pero al mismo tiempo es esa misma energía, el empuje a la satisfacción plena, el Drang, el que pone en movimiento la pulsión y el deseo. El fantasma es el operador que ofrece una satisfacción sustitutiva, siempre parcial y diferida.

 

 

[1] Ameisen, “La sculpture du vivant. Le suicide cellulaire ou la mort créatrice”. Ed. Du Seuil, 2003. Ver artículo en el blog: www.carlosguzzetti.com.ar/blog/diálogos-entre-la-vida-y-la-muerte-reflexiones-de-un-biólogo